El ritmo del Jardín de Infancia se transforma cuando llueve. Es todo un acontecimiento para los niños y las niñas, que salen a jugar llenos de emoción. Solemos decir que no existe el mal tiempo, sino ropa inadecuada; con botas de agua y chubasqueros, la tierra mojada nos ofrece una oportunidad pedagógica única para el asombro y el desarrollo sensorial. No solo se trata de ver el agua caer, es el sonido rítmico sobre los tejados, el olor a tierra mojada y el tacto del barro entre los dedos.
El agua invita al movimiento, porque saltar en los charcos no es solo diversión; es un ejercicio de equilibrio, fuerza y coordinación. Cada salto es una lección de física vivida con el propio cuerpo. Además, es una puerta increíble hacia la creatividad. Los niños construyen canales, diques de arena y “sopas” de pétalos y hojas, y de esta manera aprenden de forma orgánica sobre la fluidez y la transformación de la materia.